19 may. 2011

Una parte de mí vida.


La comunión, un suceso muy importante para todos los niños de España (religiosos, por supuesto)
Y vamos a ser sinceros… todos los niños (y cuando digo ‘todos’ significa TODOS) acceden a realizar este acto, simplemente, por los regalos que reciben de sus familiares, amigos, etc.
Bueno, dejémonos de rollos… Comencemos por el principio, obviamente:
Me desperté a las 7:00 muy nerviosa, era el gran día. Normalmente estas una semana practicando tu posición, lo que tienes que leer, etc. Cuando llegamos a la Iglesia todos se estaban haciendo fotos, así que yo también empecé a hacerlas.
Llego la hora de la misa, todos sentados muy formalmente, cantando, diciendo nuestras respectivas frases, subiendo y bajando del altar. Todo muy tranquilo, hasta que llego la hora de tomar la hostia. El cura que ya nos conocía a todos, (ya te digo, dos semanas practicando todas las tardes en la Iglesia) solía decir algo cada vez que un niño/a subía a tomar la hostia.
Yo, niña inocente, más tonta que lista, más nerviosa que tranquila, subí al altar por el sitio inapropiado, sentí como miles de ojos se posaban en mi, de pronto un escalofrió me recorrió todo el cuerpo, se me había olvidado levantarme la falda para subir los dos escalones. CONSECUENCIA: caerse. Los miles ojos que se posaron en mí eran ahora risas nerviosas de mis compañeros y sus familiares. Me puse colorada, el cura al verme me dijo: -Irene, tranquilízate, el señor está contigo.
-Si si, si si.
-Irene…
Habíamos ensayado tomar la hostia con una postura en la mano, según sea la persona, diestra o zurda. Yo, vuelvo a repetir, niña inocente, me había equivocado al colocar las manos. Parecía que estaba bailando el ‘Aserejé’ de las ‘Kétchup’. Al final me dio la hostia y en vez de decir Amen, dije gracias. ¿Por qué? ¡Pues porque soy muy formal!

En fin, siempre mis amigos me recuerdan este día y se ríen de mí, yo les comprendo..

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